Antes de la tristeza, del perfeccionismo, de la crítica o de la seriedad, existe en el melancólico una operación más simple y más honda, que es medir. Ante cualquier cosa, la estructura melancólica pregunta, casi sin querer: ¿esto corresponde a lo que debería corresponder? La tristeza que tanta gente asocia con él es, muchas veces, solo el eco de esa pregunta cuando la respuesta es no.
La medida y el criterio
Lo que la estructura melancólica vuelve saliente es la medida, que puede aparecer como proporción, precisión, coherencia, adecuación, diferencia o lo debido. El melancólico percibe espontáneamente desproporciones e incompatibilidades, aunque no gane nada con eso: el cuadro torcido en la pared, la contradicción en el discurso, el precio que no cuadra, la promesa que no se cumplió. Ante dos objetos o dos resultados, tiende a comparar y a notar la diferencia. El método llama contención a la operación con la que él responde a esta materia, es decir, a la delimitación criterial que retiene, distingue y da forma a la experiencia, y la representa con el frío y la cristalización del hielo: concentración y nitidez.
Tener criterio, sin embargo, no es lo mismo que tener el criterio correcto. Una persona puede medirlo todo con gran precisión según una regla equivocada, y la regla equivocada puede funcionar perfectamente, con toda coherencia, produciendo conclusiones impecables y falsas. La capacidad melancólica está en medir, distinguir y comparar; la justicia exige, además, que la medida sea verdadera y aplicada con rectitud. Tampoco se debe confundir criterio con inteligencia: la inteligencia puede sofisticar los criterios, pero no crea la tendencia, y un melancólico de inteligencia común puede percibir que "algo no está bien" sin lograr explicar por qué.
Introversión y retención
El melancólico es introvertido, pero en el sentido del método eso no quiere decir callado ni antisocial. La introversión es la experiencia vuelta hacia dentro, que permanece disponible para ser retenida, comparada, elaborada y revisada. Un melancólico puede ser conversador, profesor, líder y muy competente en lo social, y seguir siendo introvertido en este sentido.
De ahí viene la retención: lo que le pasa tiende a quedarse más tiempo por dentro. La conversación terminó, pero sigue siendo revisada; la relación se acabó, pero sigue presente. Y la experiencia permanece sobre todo cuando algo no cerró: una pregunta sin respuesta, una explicación que no convence, una proporción que parece equivocada, un hecho que no entiende por qué ocurrió. La expresión "esto no cierra" describe bien una parte de la vida interior del melancólico, y cuanto mayor es la sensación de que algo quedó sin conclusión, más tiempo sigue pensando en el asunto. Nada de esto necesita patología ni resentimiento: a veces el contenido se queda simplemente porque todavía está disponible para ser elaborado.
Seriedad y sentido de la realidad
El melancólico tiende a ser más serio, a tener menos ánimo espontáneo y a cargar por más tiempo el peso de lo que pasa. Nota con rapidez el riesgo, la falla, la falta y el límite, y aun estando sano tiende a ver lo que le falta a algo para quedar completo, mientras que el sanguíneo tiende a disfrutar del bien que ya está presente. Nada de esto es depresión, y tratar la seriedad melancólica como enfermedad es un error tan grave como ignorar una depresión verdadera en un melancólico.
Ese sentido de la realidad es una ventaja en muchos contextos, pero no convierte al melancólico en dueño de la realidad. Su realismo es selectivo: percibir el riesgo no es lo mismo que estimar correctamente su probabilidad, y el melancólico puede sobredimensionar las faltas y subestimar la recuperación posible. Tener una regla fuerte no significa tener la regla correcta.
La comparación y la herida
Cuando la medida se aplica a las personas, nace la comparación. Percibir quién tiene más, quién lo hace mejor o quién ocupa determinada posición todavía no es vicio, y reconocer una diferencia no significa desear igualdad. Ya en la infancia se nota: el niño melancólico muestra pronto una preocupación por lo que es debido, casi siempre empezando por lo que se le debe a él.
Por eso la herida más honda del melancólico es la falta de correspondencia y, en el campo social, la disminución relativa: el otro tiene algo que lo pone por debajo en una medida que importa. Ese dolor todavía no es envidia. La cuestión moral empieza cuando el resultado de la comparación pasa a alterar el valor que la persona se atribuye a sí misma.
Lo que el melancólico no es
El melancólico no es el triste, el perfeccionista ni el pesimista. La tristeza puede pasar por él como pasa por cualquiera; el perfeccionismo y la escrupulosidad pueden apropiarse de su memoria, de su retención y de su preocupación por la regla, produciendo culpa excesiva y revisión sin fin, pero son modulaciones posibles, no la esencia del género. Lo que permanece melancólico a través de todas las formas es la relación con la medida y con la correspondencia.
La justicia: la capacidad y la virtud
En el orden creado, el melancólico tiene aptitud para la materia de la justicia, porque la justicia trata con la medida y lo debido. La aptitud para la medida permite percibir la falta real, honrar las proporciones, reconocer la excelencia ajena y corregir una decisión a la luz de mejores razones. Pero la justicia no es poseer una regla; es someter la regla a lo debido. El puente moral exige preguntar qué es lo debido, a quién se le debe, y si la persona acepta la misma regla cuando el resultado le cuesta.
Hay aquí una distinción que el melancólico necesita aprender sobre sí mismo. Suele tener un gran autocontrol, por criterio, por regla y por retención, y puede vencer un deseo todos los días. Pero contener no es lo mismo que ordenar: decirle no a un deseo, por sí solo, no prueba que el deseo esté ordenado, y la austeridad no prueba la templanza. El sanguíneo necesita aprender a decirle no a lo agradable; el melancólico, a veces, necesita aprender que su no todavía no es virtud. La pregunta que mide su madurez es esta: ¿logro aceptar la medida verdadera cuando me desfavorece?
La caída: la regla al servicio del yo
En la condición herida, la comparación puede dejar de servir a la verdad y pasar a defender una posición. Esa es la egoización melancólica: "logro percibir diferencias" se convierte en "la medida correcta tiene que preservar la posición que corresponde a mi valor", y la regla deja de servir a la realidad para defender el yo. Por esa vía llega la envidia. La envidia no es comparación, ni el simple deseo de tener un bien; aparece cuando el bien del otro se vuelve doloroso porque altera, para peor, la posición del propio yo. La operación natural dice: él tiene más. La egoización añade: si él tiene más, yo quedé más pequeño. Y la envidia del melancólico rara vez se presenta con su propio nombre; suele disfrazarse de crítica técnica, de defensa del mérito o de celo por la justicia, y por eso es tan difícil de reconocer por dentro.
El miedo de fondo de esta caída es el de la falta, el del error y el de la inferioridad, y la tesis que el yo melancólico construye suele ser esta: tengo que resguardarme, pesarlo todo, evitar la herida y no exponerme al daño. De ahí vienen los vicios que la acompañan: la tristeza desordenada, la rumiación, el resentimiento, la rigidez y el encierro.
El melancólico maduro
La madurez no destruye la regla del melancólico. Sigue percibiendo diferencias, fallas, proporciones, errores y excelencias, pero aprende que ser bueno midiendo no vuelve infalible su propia medida, y pasa a aceptar una regla que no fabrica él. La señal más clara de esta madurez es la admiración: reconocer con precisión la excelencia de otra persona sin necesidad de disminuirla, compensarla o poseerla, y lograr decir, sin amargura, "él es mejor que yo en esto".
La fórmula de esta madurez es esta: mi compromiso es con la medida verdadera, no con la posición que deseo ocupar dentro de ella. Y es por este camino que el melancólico encuentra una paz que su naturaleza sola no le daría, porque, al aceptar que la medida última no está en sus manos, descubre que ya no necesita cargar solo con el peso de juzgar el mundo entero, y puede, por fin, descansar en la justicia de Dios.
Las especies del melancólico
El melancólico rige tres especies: el melancólico-flemático, el melancólico puro y el melancólico-colérico. También participa, al servicio de otra finalidad, del colérico-melancólico y del flemático-melancólico.
