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Libro / Capítulo 11

Capítulo 11

El colérico

Colérico Puro · RayoColérico-Sanguíneo · PlasmaSanguíneo-Colérico · FuegoSanguíneo Puro · SolSanguíneo-Flemático · GirasolFlemático-Sanguíneo · MargaritaFlemático Puro · HojaFlemático-Melancólico · LiquenMelancólico-Flemático · NieveMelancólico Puro · HieloMelancólico-Colérico · MagnetitaColérico-Melancólico · Circuito cerrado
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El colérico no se define por la ira. Es verdad que la ira aparece en él con facilidad, pero aparece como consecuencia de algo más hondo, que es su relación con lo arduo. Quien intenta reconocer a un colérico por el tono de voz o por la frecuencia de las peleas confunde el síntoma con la estructura, y termina llamando colérico a cualquier persona irritada y dejando de reconocer al colérico educado, silencioso y disciplinado, que quizá nunca en la vida haya levantado la voz.

Lo arduo que se puede enfrentar

Lo que la estructura colérica vuelve saliente es lo arduo, es decir, el bien difícil, el obstáculo, aquello que resiste. Pero hay que ser exactos: al colérico no lo atrae la dificultad solo porque sea difícil. Lo que lo moviliza es lo arduo percibido como enfrentable. Una meta puede seguir siendo enorme y aun así encenderlo, siempre que haya camino, esfuerzo posible y alguna señal de avance; y un obstáculo pequeño puede desanimarlo por completo si concluye que no hay nada que pueda hacer para cambiarlo. Por eso la pregunta que organiza su percepción, casi siempre sin que él la formule, es esta: ¿hay algo que yo pueda hacer frente a esto?

Esa pregunta explica por qué el mundo se le presenta, como dijimos en el capítulo de los ejes, como algo sobre lo cual hay que actuar. El colérico entra en un ambiente y ve, antes que nada, lo que está trabado, lo que no funciona, lo que podría resolverse, y siente esa traba casi como una convocatoria personal. El método llama acción a la operación con que él responde a esa materia, es decir, la incidencia capaz de alterar una resistencia, y la representa por la sequedad y la electricidad: recorte, dirección y descarga.

De la percepción a la acción

Frente a un problema que considera enfrentable, el intervalo entre reconocer la situación e intentar incidir sobre ella es menor en el colérico que en los otros temperamentos. Eso no significa ausencia de reflexión. Un colérico puede planear durante meses, estudiar cada paso y esperar el momento justo; ser desinhibido no es actuar sin pensar, sino encontrar menos barrera entre concluir que algo debe hacerse y empezar a hacerlo. Cuando la decisión está tomada, no necesita vencer una segunda resistencia interior para moverse, y es precisamente esa segunda resistencia la que, como veremos, caracteriza al flemático.

La eficacia y el progreso

En el centro de esta estructura está la eficacia. Resolver un problema, hacer que algo funcione, vencer un obstáculo, ejecutar algo difícil o proteger a alguien tienen un elemento común: la persona percibe que su potencia tuvo un efecto real. La forma más elemental de esa experiencia cabe en una frase: actué, y algo pasó porque actué. El reconocimiento de los demás puede intensificar esa satisfacción, pero no es su fuente. En mi observación, el elogio moviliza al colérico sobre todo cuando funciona como señal de progreso o de competencia, y el colérico puro puede encontrar valor en la eficacia incluso sin ningún testigo.

De ahí viene una característica que suele pasar inadvertida: el colérico sostiene proyectos muy largos, siempre que cada etapa produzca alguna señal de avance. Lo que le importa no es la distancia que falta hasta el objetivo, sino si esa distancia se está acortando. Por eso es capaz de disciplina, de entrenamiento repetitivo y de sacrificio invisible. El esfuerzo diario puede ser desagradable, pero entra en la conquista cuando aumenta la capacidad. Sin embargo, cuando el esfuerzo deja de producir cualquier cambio perceptible, la energía cae, porque lo que era campo de acción pasó a ser una imposición.

Miedo, ira y competencia

Tampoco basta decir que el colérico siente poco miedo. En ciertas situaciones parece menos impresionable, pero puede sentir un miedo intenso frente a lo que percibe como muy superior a sus propias fuerzas. La diferencia no está en la ausencia de miedo, sino en el paso de la amenaza a la acción: si hay capacidad percibida, el colérico se moviliza a pesar del miedo. Ya en los niños se ve. El niño colérico puede mostrar un valor enorme frente a lo que cree poder enfrentar y un miedo marcado frente a lo que está completamente por encima de él.

La ira encuentra en el colérico un terreno especialmente disponible, porque la oposición lo moviliza. Que lo impidan, lo contraríen, lo desafíen o lo pongan a competir convierte la tensión en energía. Por eso la impulsividad colérica suele dispararse por lo que lo desafía, al contrario de la impulsividad sanguínea, que suele dispararse por lo que le agrada. La competencia, a su vez, concentra todo lo que el colérico percibe con más facilidad (el obstáculo, la eficacia y la comparación entre fuerzas), y por eso un adversario puede aumentar mucho su energía. Pero la competencia no define el género: un colérico puede trabajar años por la excelencia de una obra sin ningún rival humano a la vista.

Cuando no hay nada que hacer

Si la eficacia es el centro, la herida más honda del colérico es la impotencia práctica. Una derrota puede movilizarlo, si hay revancha; un error puede animarlo, si se puede corregir. Lo que de verdad lo desarma es la conclusión de que no hay nada que pueda hacer: la enfermedad de alguien a quien ama, la decisión de otra persona que él no controla, una situación que ninguna fuerza suya altera. En esos momentos, la energía o cae bruscamente, o busca otro campo donde actuar, y no es raro que un colérico, frente a una impotencia que no admite, se lance a remodelar la casa, a reorganizar el trabajo o a corregir a los demás, porque necesita sentir que todavía actúa sobre algo.

Lo que el colérico no es

El colérico no es simplemente el agresivo, el ruidoso o el mandón. El liderazgo, la seguridad, la firmeza y el gusto por la excelencia no son, por sí mismos, señales de orgullo, y quien los condena por ser fuertes confunde capacidad con vicio. Tampoco es simplemente el activo: hay personas de otros temperamentos muy ocupadas, y hay coléricos que pasan largos periodos sin ninguna actividad visible, porque no encuentran un arduo que valga la pena. Lo que permanece colérico a través de todas estas formas es la relación entre un obstáculo que admite acción y la capacidad de movilizarse para producir efecto.

La fortaleza: la capacidad y la virtud

En el orden creado, el colérico tiene aptitud para la materia de la fortaleza, que es lo arduo. Su estructura ofrece una materia natural favorable a los actos que exigen enfrentamiento, resistencia y perseverancia. Pero la facilidad frente a lo arduo todavía no es la virtud de la fortaleza, y confundir ambas cosas es el primer autoengaño del colérico. Empezar rápido, vencer una etapa o resistir a un adversario puede ser bueno sin ser, solo por eso, un acto de fortaleza.

La prueba más exigente de la fortaleza aparece justamente donde el colérico es más débil: cuando hay que permanecer firme sin dominar la situación. Tomás de Aquino enseña que el acto principal de la fortaleza no es atacar, sino soportar (Suma Teológica, II-II, q. 123, a. 6), y eso, para el colérico, es casi un invento contra la naturaleza. Puede haber fortaleza en la espera, en la renuncia a una victoria indebida, en la obediencia a quien decide de otro modo y en el sostenimiento de un bien que la propia acción no logra garantizar. La pregunta que mide la madurez del colérico es, por eso, esta: ¿puedo permanecer en el bien incluso cuando no puedo vencer?

La caída: la potencia tomada como título

En la condición herida, la facilidad para incidir sobre lo real puede volverse ocasión de apropiación. La potencia deja de percibirse como capacidad recibida y pasa a funcionar como título de propiedad: como soy capaz, ciertas limitaciones no deberían valer para mí. Esa es la egoización colérica: la potencia, que es un bien, pasa a ser condición de una tesis sobre quién necesita ser, y la realidad es convocada a confirmarla. Es por esa puerta por donde el colérico suele entrar en el orgullo. El orgullo, aquí, no es que le guste vencer, sino tratar la dignidad recibida como si la grandeza tuviera su fundamento último en el propio yo. De ahí nacen los vicios que lo acompañan: la ira que no acepta que la contraríen, la precipitación que no espera el juicio, la dureza con quien es más lento y el deseo de dominio sobre las personas, que son tratadas como un obstáculo más que hay que vencer.

El miedo de fondo que sostiene esa caída es el de la impotencia y el rebajamiento, y la tesis que el yo colérico construye para protegerse suele sonar así: tengo que ser fuerte, vencer, no ceder y no dejarme dominar. Fíjate en que la tesis no es mala en todas sus partes. Ser fuerte es bueno; el problema empieza cuando ser fuerte se vuelve la condición para que la persona siga creyendo que vale algo.

El colérico maduro

La madurez no vuelve al colérico menos colérico. Sigue siendo desinhibido, rápido frente al obstáculo y sensible a la eficacia; lo que cambia es que la energía deja de necesitar probar quién es él. El colérico maduro aprende a distinguir lo que puede cambiar de lo que tiene que aceptar, el combate necesario del combate inútil, el valor de la imprudencia, la autoridad del dominio y la persistencia del apego al propio ego. Aprende que no toda lucha merece combate, ni toda derrota es humillación, ni toda limitación es injusticia, ni toda potencia autoriza a mandar.

La fórmula de esa madurez es fácil de decir y difícil de vivir: actuar cuando puede, soportar cuando debe. Y quizá es en el segundo verbo donde el colérico encuentra a Dios de verdad, porque es frente a lo que no puede vencer, gobernar ni corregir donde la fuerza recibida por fin deja de ser suya y vuelve a ser don, y él descubre que la mayor obra de la que es capaz no es dominar la realidad, sino permanecer fiel dentro de ella.

Las especies del colérico

El colérico rige tres especies: el colérico-melancólico, el colérico puro y el colérico-sanguíneo. También participa, al servicio de otra finalidad, del sanguíneo-colérico y del melancólico-colérico, que aparecen con sus géneros.

Secciones de este capítulo

  1. 11.1 Colérico-melancólico: circuito cerradoEn el colérico-melancólico, la acción colérica rige y la medida melancólica la sirve, ofreciendo criterio, comparación, estándar, precisión y corrección. El resultado es una excelencia puesta al servicio de la realización: no basta con hacer, hay que hacer bien.
  2. 11.2 Colérico puro: rayoEn el colérico puro, la acción colérica organiza por sí sola la forma, sin que otra capacidad entre en su constitución. La secuencia tiende a ser simple: obstáculo, movilización, incidencia, resultado.
  3. 11.3 Colérico-sanguíneo: plasmaEn el colérico-sanguíneo, la acción colérica rige y la expansión sanguínea la sirve, ofreciendo personas, entusiasmo, calor y circulación. El resultado es una centralidad operativa: todo el grupo se vuelve campo de acción.