El temperamento no es un perfil psicológico, ni un conjunto de rasgos hecho para clasificar a las personas a la ligera. En Axis Ratio, es una disposición natural de la constitución de cada persona que vuelve particularmente saliente una de las cuatro materias de la acción humana: lo arduo, lo agradable, la transición de un estado a otro o la medida. Todo ser humano enfrenta dificultades, busca lo que le agrada, atraviesa cambios y compara cosas; la diferencia temperamental está en cuál de esas materias tiende a organizar primero lo que la persona siente, teme, desea y hace. Es en este sentido que el temperamento es la estructura originaria de la personalidad, la primera forma de la disposición humana, aquella por la cual la persona encarnada empieza a existir psicológicamente en el mundo.
Esto quiere decir que el temperamento no está en el nivel de la máscara, del comportamiento ocasional o del papel social. Está más hondo, porque pertenece al modo inicial por el cual el alma, al informar un cuerpo concreto, recibe la realidad, reacciona ante ella, organiza su propia energía, percibe amenazas y oportunidades, forma hábitos y empieza a construir la personalidad. Es decir, el temperamento es la forma estructural primera del alma encarnada en su vida sensible, afectiva y práctica: el terreno sobre el cual se edificará la historia personal.
Vale la pena insistir en esto porque el tema se ha banalizado con el tiempo. En muchos enfoques, los temperamentos se volvieron caricatura moral, colección de rasgos o un sistema descriptivo que le exige poco a quien lo usa. Aquí, al contrario, el temperamento vuelve a su lugar más serio, que es el de la arquitectura de la personalidad. La personalidad no nace de la nada, y tampoco es solo efecto de la cultura, la educación o la elección consciente. Todo eso importa, pero todo eso se desarrolla sobre una estructura anterior, que todavía no es la personalidad acabada, pero es su base.
Decir esto, sin embargo, todavía no basta. El temperamento no es solo una estructura de reacción; es también, en su origen, capacidad de virtud natural. En su raíz creada, no es un conjunto de defectos ni una prisión psicológica, sino un don: cada género ofrece una aptitud buena para responder a una materia, y cada materia es el campo de una virtud cardinal. El colérico tiene aptitud para enfrentar lo arduo, que es la materia de la fortaleza; el sanguíneo, para entrar en lo agradable, que es la materia de la templanza; el flemático, para conservar o atravesar una configuración sin precipitarse, lo que ofrece materia a la prudencia; el melancólico, para reconocer una medida, que es la materia de la justicia. Pero hay que ser exactos: aptitud para la materia de una virtud no es posesión de la virtud. El colérico no nace fuerte en el sentido moral, el sanguíneo no nace templado, el flemático no nace prudente y el melancólico no nace justo. Entre la capacidad y la virtud hay juicio, voluntad, elección y formación, y en el caso del sanguíneo el gusto por lo agradable vuelve la templanza todavía más necesaria y más difícil.
En cuanto obra de la creación, por lo tanto, el temperamento no es desorden. La facilidad para enfrentar, el gusto por lo agradable, el costo de cambiar de estado y la tendencia a comparar no son vicios ni virtudes en sí mismos; son el modo particular por el cual cada estructura puede servir al bien, ordenarse y dar fruto. De ahí se desprenden dos reglas, y el libro entero depende de ellas: predisposición no es culpa, y la facilidad natural, por sí sola, no es mérito.
El árbol de la vida y el árbol del conocimiento
Aquí el relato del Génesis ayuda a ver con claridad. En el jardín, antes de la caída, el hombre está ante el árbol de la vida (Gn 2, 9). Esa situación puede leerse simbólicamente como la de la naturaleza humana creada para vivir en orden, recibiendo el bien como don y permaneciendo vuelta hacia la vida, hacia la verdad y hacia el fruto. El hombre no necesita arrancar para sí, a la fuerza, la definición del bien: la recibe. En este sentido, el temperamento en su forma originaria corresponde al árbol de la vida, porque cada estructura fue hecha para fructificar en orden, según su propia materia: el colérico enfrentando lo arduo para proteger y realizar el bien, el sanguíneo haciendo circular lo que hay de bueno entre las personas, el flemático preservando lo que merece durar, el melancólico reconociendo lo que es debido.
En Génesis 3, en cambio, aparece el desorden fundamental. El hombre ya no quiere vivir del bien recibido; quiere apropiarse del conocimiento del bien y del mal, es decir, quiere volverse medida de sí mismo, centro de toda valoración y señor autojustificado de la realidad. La caída no destruye la naturaleza, pero la hiere en su eje, y el fruto, que era don vivido en orden, pasa a ser objeto de posesión.
De esta lectura sale la clave moral de este libro, que llamo egoización: el proceso por el cual un bien que la estructura vuelve saliente pasa a funcionar como condición para preservar una tesis sobre el propio yo. La diferencia es la que hay entre "esto es importante para mí" y "esto tiene que suceder de esta manera para que yo siga siendo quien creo que soy". La capacidad sigue siendo buena; lo que se desordena es el lugar que ocupa, porque el bien recibido deja de ser don y pasa a ser título del yo. La lectura del Edén no prueba que el relato bíblico contenga los temperamentos; ilumina ese desplazamiento del centro, del bien recibido hacia el propio yo, que es lo que sucede en cada egoización.
En el colérico, "tengo potencia para actuar" puede convertirse en "como soy capaz, ciertas limitaciones no deberían valer para mí", y esa es una vía hacia el orgullo. En el sanguíneo, "ser amado es bueno" puede convertirse en "mi presencia tiene que seguir siendo bien recibida", y esa es una vía hacia la vanidad. En el flemático, "movilizarme me cuesta" puede convertirse en "si esto exige demasiada perturbación, tal vez no deba hacerse", y esa es una vía hacia la tibieza. En el melancólico, "logro percibir diferencias" puede convertirse en "la medida correcta tiene que preservar la posición que corresponde a mi valor", y esa es una vía hacia la envidia. Estas cuatro vías son mapas de tentación, no diagnósticos: dicen dónde cada estructura tiende a ser probada, no que alguien haya caído, y ninguna persona está condenada al vicio de su temperamento ni es inmune a los de los demás.
Lo que busca el estudio de los temperamentos
Por eso, estudiar los temperamentos es más que estudiar diferencias psicológicas: es estudiar el modo en que la naturaleza humana, creada para el bien, lleva en su condición caída una manera propia de ser tentada a apropiarse de ese mismo bien. Esto explica también por qué el temperamento nunca debe describirse solo por el defecto. Quien reduce al colérico a la ira, al sanguíneo a la superficialidad, al flemático a la pereza y al melancólico a la tristeza ya perdió la verdad de la estructura, porque, antes de cualquier deformación, hay en ellas un bien. El colérico no fue creado para la tiranía, sino para enfrentar lo arduo; el sanguíneo, no para la vanidad, sino para la comunión; el flemático, no para la omisión, sino para preservar lo que merece durar; el melancólico, no para la envidia, sino para servir a la verdad y a lo debido. El vicio vive siempre como parásito de un bien original.
La pregunta de Axis Ratio, por lo tanto, no es solo cómo se comporta determinada persona. Es qué materia vuelve saliente su estructura, qué bien puede realizar, cómo ese bien puede ser egoizado y cómo esa energía puede ser rebautizada, es decir, puesta de nuevo al servicio de un bien verdadero sin perder su forma. De ahí que el temperamento deba comprenderse en tres niveles a la vez: como estructura, que es el modo inicial de organización de la personalidad; como capacidad de virtud natural, que es la aptitud buena que hay que formar y ordenar; y como capacidad de vicio, que es la inclinación real de esa aptitud a desviarse, en la naturaleza herida por el pecado original.
Esta lectura triple impide dos errores comunes. El primero es tratar el temperamento como sentencia, como si la persona estuviera condenada a su propia manera de ser. El segundo es tratarlo como algo neutro, sin ningún drama moral. No es ni una cosa ni la otra: es estructura viva, creada para la virtud y herida por el desorden. El estudio de los temperamentos, así, no sirve para encerrar a nadie en una etiqueta, sino para mostrar que existe un orden escondido en la personalidad. Cada persona nace con una forma de potencia que puede ser reconocida, corrompida, compensada, purificada y, finalmente, llevada a la madurez.
El árbol de la vida sigue siendo el símbolo de ese orden original, y el árbol del conocimiento del bien y del mal, leído simbólicamente, representa el paso del bien recibido en orden al bien capturado por el yo, que es el punto exacto en que una capacidad buena es egoizada. Conocer tu propio temperamento es, por eso, conocer la forma de tu propio combate interior: el bien para el cual fue diseñada tu estructura, la tentación por la cual tiendes a desviarte y el camino por el cual esa misma energía puede ordenarse. En él se encuentran, al mismo tiempo, la marca de la creación y la herida de la caída, y por eso vale la pena estudiarlo con seriedad.
