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Libro / Capítulo 15

Capítulo 15

Conclusión

7 min de lectura

Después de este recorrido, ya no es posible tratar los temperamentos como descripciones de comportamiento. El temperamento es una estructura originaria de la personalidad, una forma inicial del ser humano encarnado, y participa a la vez de la constitución de la persona, de su misión en el mundo y de su camino espiritual. Por eso el Axis Ratio lo lee en tres dimensiones, que llamo ontológica, deontológica y paradeontológica. No son divisiones artificiales superpuestas al temperamento, sino el propio movimiento de la personalidad humana: lo que la persona está llamada a llegar a ser en sí misma, lo que está llamada a ofrecer a los demás y lo que está llamada a realizar delante de Dios.

La dimensión ontológica

En la primera dimensión, el temperamento se refiere a la construcción del ser personal. No es el ser acabado, sino la disposición inicial a partir de la cual ese ser se va edificando a lo largo de la vida: el punto de partida de la personalidad, no su acabado. Ofrece la materia viva, la dirección, la energía propia y el eje de la persona, y a partir de ahí, por la experiencia, por los hábitos, por las elecciones, por las caídas, por las purificaciones y por la perseverancia, se va construyendo el ser concreto de alguien.

El ser humano no nace terminado. Nace con una estructura que necesita ser desarrollada, formada, trabajada, corregida y acabada, y por eso la ontología del temperamento no es una fotografía del origen, sino la lectura de una trayectoria. Cada temperamento es un modo propio en que la persona tiene que formarse a sí misma. El colérico necesita volver su fuerza verdaderamente humana; el sanguíneo, hacer de su calor una realidad sólida; el flemático, transformar su estabilidad en consistencia viva; el melancólico, hacer de su peso interior una forma plena de verdad. Esa construcción solo termina con la vida, porque la personalidad se está edificando hasta la muerte, y el temperamento es el principio de la obra en que la persona debe convertirse.

La dimensión deontológica

El hombre, sin embargo, no existe solo para completarse a sí mismo; existe también para una finalidad y para un lugar en el mundo. La dimensión deontológica se refiere al "para qué" de cada estructura, es decir, a lo que la persona fue llamada a ser para los demás, para la sociedad y para la historia. Aquí el temperamento aparece como forma de vocación. Nadie recibe el temperamento solo para sí, sino para servir, y el tipo de energía, de presencia y de acción que trae apunta a un modo concreto de contribuir al bien común. La pregunta de esta dimensión es para qué esta persona recibió este temperamento, qué servicio puede prestar su estructura y de qué manera es útil al otro y a la comunidad.

El colérico no fue hecho solo para construir su propia fortaleza, sino para defender, abrir camino, enfrentar males reales, liderar y cargar pesos difíciles. El sanguíneo no fue hecho para irradiar calor en beneficio propio, sino para humanizar, acercar a las personas y hacer circular la vida. El flemático no fue hecho solo para preservar su propia paz, sino para sostener, estabilizar, pacificar y dar continuidad a lo que debe durar. El melancólico no fue hecho para ahondar en sí mismo, sino para hacer justicia a lo real, dar densidad a la verdad y guardar la seriedad de las cosas. La deontología del temperamento es, por tanto, su misión horizontal, y la pregunta pasa de "¿quién soy yo?" a "¿para qué fui hecho?".

La dimensión paradeontológica

Por encima de la construcción del ser y de la misión en el mundo está la tercera dimensión, la paradeontológica, en la que la línea se vuelve vertical. Se refiere al camino de santidad, a la unión con Dios y a la perfección sobrenatural de la persona, y es en ella donde el temperamento necesita ser elevado más allá de la realización humana y de la utilidad social, para convertirse en materia de santificación. En cuanto estructura creada, el temperamento es capacidad de virtud; después de la caída, es también capacidad de vicio. Por eso, en esta dimensión, la persona necesita un trabajo más radical que construir la personalidad o cumplir una misión: necesita vencer los vicios propios de su estructura y llevar sus virtudes a la perfección. Las preguntas de la paradeontología son estas:

  • ¿cómo puede santificarse esta estructura?
  • ¿qué vicios necesita vencer?
  • ¿qué virtudes necesita purificar?
  • ¿de qué modo puede ordenarse plenamente a Dios esta energía?
  • ¿cómo el temperamento, que era solo potencia natural, puede convertirse en transparencia de la gracia?

La cuestión, aquí, ya no es solo psicológica ni solo moral; es espiritual en sentido pleno. El colérico necesita ser no solo fuerte, sino santo en su fuerza; el sanguíneo, santo en su amor; el flemático, santo en su paz; el melancólico, santo en su gravedad. Eso exige un combate real contra los vicios característicos de cada estructura, porque la santidad no pasa al lado del temperamento, sino por dentro de él: no lo ignora, no lo disuelve y no lo cambia por otro, sino que lo asume, lo purifica, lo reordena y lo eleva. Los vicios propios necesitan ser vencidos, y no solo controlados; las capacidades naturales necesitan ser formadas hasta la virtud, y las virtudes, elevadas, y no solo moderadas, hasta que la fuerza, el calor, la paz o la gravedad de cada uno dejen de servir al yo y se conviertan en camino de unión con Dios.

Obra, misión y santidad

Si la ontología muestra lo que la persona está construyendo en sí, y la deontología muestra para qué fue dada al mundo, la paradeontología muestra hacia dónde debe subir todo eso. En la dimensión ontológica, el temperamento es la estructura de la personalidad en desarrollo, la materia con la que cada uno construye su propio ser hasta la muerte. En la deontológica, es la orientación de la misión personal, el servicio particular que la persona presta a los demás. En la paradeontológica, es el camino vertical de santificación, el lugar donde los vicios propios son vencidos y las virtudes propias son llevadas a la perfección.

Esta lectura triple impide los errores más comunes. Impide reducir el temperamento a una descripción psicológica, porque muestra que participa en la edificación del ser. Impide reducirlo a un moralismo funcional, porque muestra que es también misión concreta para los demás. E impide reducirlo a un mecanismo horizontal, porque muestra que el fin último de la estructura humana no está en el yo ni en la sociedad, sino en Dios. Con eso, la personalidad deja de verse como un conjunto de rasgos y pasa a verse como una obra que debe ser construida, puesta al servicio y santificada. El temperamento es la materia viva de la persona, la personalidad es su ser en construcción, la misión es su forma de dar fruto y la santidad es su acabado.

Por eso, comprender el propio temperamento es mucho más que saber cómo reaccionas, cómo sufres o cómo amas. Es comprender en quién te estás convirtiendo, para qué se te dio a los demás y a qué altura necesita ser llevada esa estructura. El temperamento, visto así, deja de ser etiqueta y se convierte en llamado: llamado a construir el ser, a servir en el mundo y a elevarse hasta Dios, que es quien lo dio y quien espera recibirlo de vuelta, no apagado, sino ordenado.

Referencias

  • Eysenck, H. J. The biological basis of personality. Springfield: Charles C. Thomas, 1967.
  • Gray, J. A.; McNaughton, N. The neuropsychology of anxiety: an enquiry into the functions of the septo-hippocampal system. 2.ª ed. Oxford: Oxford University Press, 2000.
  • Kagan, J.; Reznick, J. S.; Snidman, N. Biological bases of childhood shyness. Science, v. 240, n.º 4849, p. 167-171, 1988.