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Libro / Capítulo 4

Capítulo 4

El primer eje: colérico y flemático

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El eje colérico-flemático trata de lo que quizá sea el primer problema de la vida práctica del alma: cómo se sitúa la persona ante lo real cuando lo real resiste, desgasta y exige. Al contrario de lo que muchas veces se piensa, no opone el "nervioso" al "calmado", ni el "agresivo" al "tranquilo", lo cual sería demasiado pobre. Lo que está en juego es la diferencia entre una estructura que tiende a la incidencia práctica, al corte, al enfrentamiento y a la imposición de dirección, y otra que tiende a la conservación, a la estabilidad, a la amortiguación del roce y a la preservación del campo.

El polo colérico

El polo colérico es el de la acción ante lo arduo, que el método representa con la sequedad y la electricidad. La imagen no está ahí como adorno: la electricidad expresa con precisión el tipo de energía que lleva el colérico, una energía rápida, direccional e incisiva, capaz de descarga, de atacar el obstáculo, de dar forma a las cosas y de producir efecto. La sequedad significa que esa energía no quiere esparcirse por el ambiente, ni retenerse en estabilidad, ni condensarse en peso frío. Quiere ir al punto, quiere incidir, quiere vencer la resistencia de lo real por intervención.

Por eso el colérico tiende a atacar el obstáculo, a la prontitud, a la respuesta rápida, al corte y a la dirección, y tiende a transformar lo real por su propia incidencia. Su mundo interior lee lo real como algo sobre lo que hay que actuar: el obstáculo no solo se soporta, se enfrenta, y la resistencia no solo se percibe, es una provocación a responder. Hay en el colérico algo ofensivo en el sentido estructural del término, que no es necesariamente agresividad moral, sino la tendencia a salir de sí para marcar el campo.

El polo flemático

El polo flemático, al contrario, es el de la estabilidad ante la transición, que el método representa con la humedad y lo vegetal. También aquí la imagen tiene su razón de ser: lo vegetal expresa permanencia, absorción, crecimiento sin estruendo, adaptación silenciosa, economía de energía y resistencia que dura. La humedad flemática no quiere cortar el campo; quiere mantenerlo. No quiere perforar el ambiente; quiere permanecer en él sin romperse. Por eso el flemático tiende a la conservación, a la continuidad, a la reducción del roce, a la protección de su propia integridad y a la amortiguación del choque.

Lo que el colérico intenta resolver por incidencia, el flemático intenta resolverlo por conservación, y lo que el colérico enfrenta como un problema que hay que vencer, el flemático tiende a soportarlo, rodearlo o amortiguarlo. El eje mide, entonces, la forma de usar la energía práctica. El colérico la usa como descarga orientada y actúa sobre lo real; el flemático la usa como retención estable y se sostiene en lo real sin dejarse romper.

Lo que el eje muestra en el cuerpo y en el alma

Esta diferencia aparece también en el plano psicofísico. El polo inhibido del eje es el flemático, no el colérico, y la palabra debe entenderse en el sentido del método: la inhibición flemática es un costo mayor de transición, una resistencia a salir del estado en que se está hacia una nueva movilización, y no timidez, introversión ni miedo. El flemático es, por eso, el polo de mayor vigilancia, retención y amortiguación, en el que el estímulo pasa más despacio a la acción; el colérico es el polo desinhibido, que convierte con facilidad la impresión sensible en dirección, corte y enfrentamiento. La investigación vecina es la de Kagan, que siguió a niños muy contenidos o muy espontáneos ante lo desconocido a los dos años y encontró, a los siete, la misma tendencia en la mayoría de ellos, con diferencias fisiológicas que sugerían un umbral heredado de excitación en regiones del sistema límbico (Kagan, Reznick y Snidman, 1988). El estudio se acerca al eje porque muestra que la facilidad o la dificultad para pasar a la acción tiene raíz en el cuerpo y se mantiene en el tiempo; pero no lo prueba, porque el niño inhibido de Kagan retrocede ante lo nuevo, y la inhibición flemática puede existir sin miedo alguno.

Por eso este eje se vincula especialmente con el apetito irascible, que tiene que ver con el bien difícil, el mal arduo, el combate y la reacción práctica ante la resistencia de lo real. En el colérico, el irascible sube deprisa hacia el ataque; en el flemático, sube más despacio y tiende a amortiguar o a conservar.

Virtud y caída en el primer eje

En el orden creado, esto corresponde a dos aptitudes buenas. El colérico tiene aptitud para la materia de la fortaleza: enfrenta, resiste y persiste con facilidad, y por eso el enfrentamiento del mal, la defensa activa del bien y la acción bajo presión le son más accesibles. El flemático tiene aptitud para ciertas operaciones de la prudencia: no se precipita, le da tiempo al juicio y conserva lo que tiene valor. Ninguna de las dos aptitudes es todavía la virtud. La fortaleza se ve cuando el colérico necesita seguir en el bien sin la recompensa de la eficacia, y la prudencia, cuando el flemático necesita concluir y, después, mandar la acción, porque demora no es prudencia.

Bajo la caída, sin embargo, cada una de estas aptitudes puede ser egoizada. En el colérico, la potencia pasa a exigirse como prueba de quién es él, y la realidad es convocada a confirmarla; por esa vía llega el orgullo, acompañado de ira, precipitación, dureza y deseo de dominio. En el flemático, el costo de moverse pasa a definir lo que debe hacer; por esa vía llega la tibieza, acompañada de omisión, acomodo y huida del conflicto necesario. El eje, por lo tanto, no opone energía y falta de energía, sino dos maneras muy distintas de existir ante lo real: por la acción o por la conservación.

Quien entiende bien este eje se libra de dos confusiones. La primera es creer que toda calma es virtud, cuando la calma puede ser huida flemática. La segunda es creer que toda fuerza es fortaleza, cuando la fuerza puede ser orgullo colérico. El eje revela la estructura, y la estructura muestra a la vez la potencia creada y la deformación posible. Antes de elogiar la propia serenidad o la propia firmeza, conviene preguntar a cuál de las dos están sirviendo: al bien que exige, o al yo que se protege y se impone.