Si los géneros son los grandes universos de la estructura, las especies son las formas concretas en que esos universos aparecen en una persona. No basta con decir que alguien pertenece al universo colérico, sanguíneo, flemático o melancólico, porque la persona concreta rara vez aparece en un género puro, sin modulación. Lo que suele manifestar es una matriz principal y una modulación secundaria que altera bastante la manera en que esa matriz se expresa. Eso es lo que el método llama especie, y aquí va más allá de las clasificaciones tradicionales simplificadas.
La especie no es un detalle externo, sino la forma efectiva de la estructura, y responde a la pregunta: ¿cómo aparece, de hecho, este género en esta persona? ¿En su forma más directa, o atravesado por una segunda fuerza vecina que cambia su expresión? En Axis Ratio existen doce especies válidas: cuatro puras y ocho mixtas.
Las puras son el colérico puro, el sanguíneo puro, el flemático puro y el melancólico puro. Representan la forma más simple y más fácil de reconocer de cada género. "Puro", aquí, no quiere decir perfección, mayor intensidad ni ausencia de complejidad; quiere decir solo que el género aparece con menos modulación de otra matriz.
Las mixtas son ocho:
- colérico-melancólico;
- colérico-sanguíneo;
- sanguíneo-colérico;
- sanguíneo-flemático;
- flemático-sanguíneo;
- flemático-melancólico;
- melancólico-flemático;
- melancólico-colérico.
Ninguna de estas especies mixtas es "mitad y mitad", y entenderlo evita buena parte de los errores en la lectura del método. La persona no es un collage de rasgos, sino una unidad. Cuando se dice "colérico-melancólico", no se quiere decir que la persona tenga cincuenta por ciento de uno y cincuenta por ciento del otro, sino que la matriz dominante es colérica y que lo melancólico la modula por dentro, generando una forma nueva, una e irreductible.
Por eso importa el orden del nombre. Colérico-melancólico no es lo mismo que melancólico-colérico, así como sanguíneo-flemático no es lo mismo que flemático-sanguíneo. En la primera posición está el universo dominante; en la segunda, la fuerza que lo modula. Eso cambia el estilo de la energía, la forma de la caída, el miedo principal, la tesis del yo, el tipo de sufrimiento y el camino de purificación. Sin esta regla, los mixtos se volverían una suma de adjetivos; con ella, se vuelven formas reales y precisas de la estructura humana.
Queda por saber por qué existen estas ocho especies mixtas y no cualesquiera otras combinaciones. La respuesta es que el método no combina por abstracción, sino que sigue la continuidad de la rueda: los mixtos solo surgen entre géneros vecinos, nunca entre opuestos del mismo eje. Por eso no existe una especie válida como "colérico-flemático" o "sanguíneo-melancólico", porque esos pares no son vecindades vivas, sino oposiciones estructurales. Las especies mixtas aparecen en los pasos entre colérico y sanguíneo, entre sanguíneo y flemático, entre flemático y melancólico y entre melancólico y colérico. La especie mixta, por lo tanto, no es una mezcla accidental, sino la forma unitaria de la tensión entre una matriz dominante y una vecina, y todo el sistema es orgánico: las especies nacen de la lógica de la rueda, no de la improvisación.
En la práctica, esto quiere decir que cada especie tiene una energía propia, una manera particular de leer el mundo, una forma de sufrir, un miedo principal, una tesis del yo, un vicio más probable, una forma de compensación y un camino propio de madurez. El género es necesario, pero no basta, porque muestra el universo; la especie muestra a la persona en su forma más determinada. Es en ella donde el alma adquiere contorno, y es en ella donde la teoría por fin toca la vida concreta de quien la estudia.
Cómo leer las doce especies
Antes de describir cada especie, conviene fijar cuatro reglas de lectura, porque sin ellas cualquier descripción se vuelve horóscopo. La primera es que, en una especie mixta, el primer nombre da la finalidad y el segundo la sirve: en el colérico-sanguíneo, las personas sirven a la eficacia; en el sanguíneo-colérico, la eficacia sirve a la presencia. La segunda es que el mismo rasgo puede servir a finalidades distintas, y por eso ningún acto aislado, ningún liderazgo, ninguna timidez y ningún arranque bastan para clasificar a alguien; hay que ver a la misma persona en muchas situaciones, sobre todo en aquellas en que dos bienes entran en conflicto y uno de ellos tiene que ceder. La tercera es que la madurez no cambia la especie: un colérico-sanguíneo santo sigue siendo colérico-sanguíneo, y una descripción que solo valiera para la persona caída estaría describiendo el vicio, no el temperamento. La cuarta es que las tentaciones descritas son mapas, no diagnósticos: dicen por dónde suele ser probada cada forma, no que alguien haya caído, y ninguna persona está libre de los vicios que no aparecen en la descripción de su especie.
En los capítulos 11 a 14, cada género se presenta primero y, enseguida, las tres especies en las que rige. Para cada especie, el recorrido es el mismo: qué es y qué imagen la representa, cómo aparece en la vida, cómo distinguirla de su par inverso, el bien que le es propio, la tentación que le es propia y la forma madura.
