Si el primer eje trata de cómo el alma encarnada se sitúa ante lo real, el segundo trata de cómo esa misma alma vive la experiencia por dentro. La pregunta ya no es "¿cómo actúo sobre el mundo?", sino "¿cómo se vive el mundo en mí?". Este es el eje sanguíneo-melancólico, el eje de la tonalidad afectiva y existencial, y en él están en juego pares como expansión y contención, calor y frío, circulación y densidad, ligereza y peso, apertura y recogimiento.
El polo sanguíneo
El polo sanguíneo es el de la expansión hacia lo agradable, que el método representa con el calor y la radiación del sol. Sus señales son la irradiación, la presencia, la vitalidad, el gusto por el ambiente, la apertura al encuentro y la facilidad para dar calor y recibirlo. El sanguíneo no vive la realidad, en primer lugar, como peso u obstáculo, sino como ambiente y campo de relación, como experiencia que puede ampliarse, intercambiarse y comunicarse. Ese calor no es un detalle sentimental; es una forma estructural de energía, e indica que el alma tiende a salir de sí con facilidad, a esparcirse deprisa por el ambiente y a buscar contacto, resonancia, presencia, espejo e intercambio.
Por eso el sanguíneo tiende a la apertura, a la comunicación, a la simpatía, a la vivacidad, al deseo de presencia y a la búsqueda de respuesta y de eco. No vive la vida como algo que pide retención, sino como algo que pide circulación. Hay en él una fuerza de salida, solo que no en el sentido de la incidencia práctica del colérico, sino en el de la expansión cálida de lo vivido.
El polo melancólico
El polo melancólico, al contrario, es el de la contención ante la medida, que el método representa con el frío y la cristalización del hielo: densidad, forma, nitidez y retención. El melancólico no vive la realidad como campo de circulación, sino como campo de peso. Registra, guarda, profundiza, condensa y se toma las cosas en serio, y su energía, en vez de esparcirse, se concentra. El frío melancólico no significa solo tristeza. Significa que el alma tiende a vivir lo real según gravedad, costo, memoria y profundidad: el melancólico no deja pasar las cosas con facilidad, lo vivido entra en él y pesa, y el mundo se le presenta también como exigencia, riesgo y marca.
Por eso el melancólico tiende a la interiorización, a la gravedad, a la memoria fuerte de lo vivido, a la selectividad, al recogimiento, al sentido del costo y a la retención afectiva. Si el sanguíneo calienta y expande, el melancólico enfría y condensa; si el sanguíneo multiplica presencia, el melancólico concentra sentido; si el sanguíneo hace circular, el melancólico guarda. Este eje, por lo tanto, no mide quién es alegre y quién es triste, lo cual sería desfigurar el método. Mide la manera en que la energía afectiva se abre o se contrae, se esparce o se concentra, se vuelve ambiente o se vuelve peso.
Lo que el eje muestra en el cuerpo y en el alma
En el vocabulario del método, este es el eje de la extroversión y la introversión: el sanguíneo dirige la experiencia hacia fuera, el melancólico hacia dentro. La tradición científica más cercana es la de la extroversión, desde Eysenck, y la propia investigación aprendió a separar ahí la sociabilidad de la impulsividad, lo que ayuda a ver que el sanguíneo es el polo extrovertido y que la impulsividad, cuando aparece, viene de otra fuente. Pero la extroversión de los tests de personalidad no es el sanguíneo, porque mezcla la dirección de la experiencia con la desinhibición, que pertenece al eje colérico-flemático; y el neuroticismo, que mide la inestabilidad emocional, no es el melancólico. Tampoco puede decirse que el sanguíneo tenga un sistema de aproximación (BAS) más fuerte, ni que el melancólico tenga un sistema de inhibición (BIS) más fuerte. En la teoría revisada de Gray y McNaughton (2000), el BIS responde al conflicto entre metas, cuando lo que atrae y lo que amenaza aparecen juntos, mientras que la medida del melancólico aparece incluso ante un problema neutro, en el que no hay conflicto alguno. La base psicofísica, como siempre, no es el final de la explicación, porque la diferencia sube al alma y se muestra en cada potencia. La memoria sensible guarda lo vivido con más calor de presencia o con más peso de herida. La imaginación se expande en campo vivo o se condensa en profundidad y retorno. La cogitativa percibe más fácilmente lo atractivo o, al contrario, el riesgo, la falta y la gravedad. Y el concupiscible se mueve con más prontitud al encuentro del bien sensible o se contiene con más fuerza ante el costo.
El eje sanguíneo-melancólico, así, toca menos el modo de atacar el obstáculo y más el modo en que el alma acoge o soporta el mundo dentro de sí. Por eso se relaciona con la experiencia de presencia, calor, recepción, dolor, pérdida, tristeza y entusiasmo.
Virtud y caída en el segundo eje
En el orden creado, el sanguíneo lleva una aptitud muy bella, que es la de calentar el mundo y hacerlo respirable, más humano y más presente. Su calor no fue creado para la dispersión, sino para la comunión. Su relación con la templanza, sin embargo, es asimétrica: el gusto por lo agradable es la materia que la templanza tiene que ordenar, y por eso le es más necesaria y más difícil, no más fácil. El melancólico, a su vez, tiene aptitud para la materia de la justicia, porque percibe proporciones, faltas y lo que es debido. No fue creado para la tristeza cerrada, sino para la seriedad verdadera, la memoria fiel y la gravedad justa; solo que medir bien no es ser justo, porque la regla puede estar equivocada o usarse en beneficio propio.
Una vez más, el problema viene de la caída. En el sanguíneo, la recepción, que es un bien, puede pasar a ser condición de la identidad: mi presencia tiene que seguir siendo bien recibida. Por esa vía llega la vanidad, que es el amor exagerado de ser amado, y con ella la persona empieza a ajustar lo que dice, muestra y defiende para no ser rechazada. En el melancólico, la regla puede dejar de servir a la realidad y pasar a defender la posición del yo. Por esa vía llega la envidia, acompañada de tristeza desordenada, rigidez, rumiación y cerrazón, y la densidad, que era fidelidad al peso verdadero de las cosas, se vuelve una cárcel que la persona construye en el daño, en la falta y en la comparación.
Ninguno de los dos polos es vicio en sí; cada uno es capacidad de bien, y el drama solo aparece cuando uno de esos bienes se convierte en condición de una tesis sobre el propio yo. Este eje ayuda a entender, por ejemplo, por qué dos personas pueden sufrir el mismo dolor y vivirlo de modos opuestos: una busca compañía, respuesta y calor; la otra profundiza, se cierra, guarda y pesa. La diferencia es estructural, y reconocerla tiene una consecuencia práctica: el problema de quien sufre no está solo en lo que siente, sino en el modo estructural de vivir lo que siente, y es ese modo lo que hay que ordenar.
