El problema del flemático no es empezar; es cambiar de estado. La caricatura popular lo pinta como el lento, el perezoso, el que nunca se apura, y esa caricatura se equivoca dos veces: porque hay flemáticos muy trabajadores, y porque la misma persona a la que le cuesta empezar una tarea puede tener la misma dificultad para interrumpirla una vez empezada. Lo que la estructura flemática vuelve costoso no es la acción, sino el paso de una configuración instalada a otra.
La transición y la conservación del estado
Si el flemático está detenido, empezar le cuesta. Si entró en una rutina de trabajo estable, interrumpirla también le cuesta. Y, una vez estabilizada una rutina nueva, ella misma pasa a ser conservada y defendida. Por eso es más exacto hablar de conservación del estado que de lentitud: un flemático puede ser un trabajador excelente dentro de una rutina y resistir con firmeza a quien intenta interrumpirla, y al mismo tiempo tener dificultad para sostener una actividad en la que cada etapa exige una iniciativa nueva. La pregunta, en su caso, no es cuánto hace, sino cuánto le cuesta reconfigurarse.
Conservar, hay que decirlo, es también una capacidad positiva. El flemático mantiene la continuidad, protege los compromisos ya asumidos e impide que cada estímulo nuevo deshaga un orden que tenía valor. En casas, empresas y comunidades donde todos quieren cambiarlo todo todo el tiempo, con frecuencia es el flemático quien sostiene lo que había que sostener. El método llama estabilidad a la operación con la que él responde a su materia, es decir, al sostenimiento de una configuración a través del tiempo y de los cambios, y la representa con la humedad y lo vegetal: vínculo, continuidad y crecimiento sin estruendo.
Inhibición no es timidez
En el sentido del método, la inhibición es esa barrera mayor para convertir una posibilidad en movilización nueva. No significa timidez, introversión, miedo ni incapacidad, y puede existir en una persona simpática, conversadora y valiente. La razón puede haber concluido perfectamente lo que hay que hacer, y la movilización todavía tener que atravesar el costo del paso.
De ahí un fenómeno que el flemático conoce bien y que los demás suelen juzgar mal: saber exactamente lo que debería hacer y, aun así, no hacerlo. La lógica no está en la falta de juicio, sino en el costo de recorrer el camino entre el juicio y la ejecución. Y también por eso los plazos, las obligaciones, los cargos y las rutinas lo ayudan tanto: reducen la cantidad de movilización que tiene que nacer solo de él. Para un flemático hay una diferencia enorme entre "tengo que decidir cuándo empiezo" y "esto empieza a las ocho". Ya en los niños se nota: ante una situación ambigua, el niño flemático tiende a esperar, observar y mirar al adulto antes de intervenir.
El conflicto y la rabia
El conflicto exige justamente lo que el flemático más siente: interrumpir un estado, producir tensión, sostener una respuesta y quizá reorganizar la convivencia. Por eso tiende a evitarlo, y esa evitación no debe elogiarse automáticamente como mansedumbre. El flemático siente rabia, y a veces mucha; lo que hay en él es una distancia mayor entre sentir la rabia y convertirla en confrontación. La regla popular de que "se lo guarda todo y un día explota" describe algunos casos, pero no define el temperamento.
En mi observación, hay en él además una forma de resistencia que merece nombre: el flemático puede reconocer que una orden es razonable y, aun así, resistirse a ella en silencio cuando siente que le quitaron la autoridad sobre cuándo y cómo va a atravesar el cambio. No es deseo de mandar sobre los demás; es la defensa de su propio tiempo para moverse. De esa defensa nacen tres apariencias que no se deben confundir: estar de acuerdo sin actuar, salir de una situación mala en lugar de reformarla y resistirse a una orden sin confrontarla abiertamente. Ninguna de ellas, aislada, basta para decir que alguien es flemático, porque el cansancio, el miedo, el hábito o un desacuerdo legítimo pueden producir lo mismo.
Lo que el flemático no es
El flemático no es el perezoso, el frío ni el indiferente. La pereza es un vicio, y el temperamento no es vicio; la frialdad es una tonalidad afectiva, que pertenece al otro eje; y la indiferencia es ausencia de amor, que no tiene nada que ver con el costo de moverse. Tampoco es simplemente el calmado, porque la calma puede venir de la paz, pero también puede venir de la huida. Si la supuesta presencia flemática solo aparece como lentitud observada, el concepto quedó reducido al estereotipo; lo que permanece flemático en todas las formas es la relación con la transición.
La prudencia: la capacidad y la virtud
En el orden creado, el flemático tiene aptitud para ciertas operaciones de la prudencia, y el fruto posible de esa aptitud es una paz estable, que no es ausencia de tensión. La facilidad para no precipitarse favorece la espera, la observación y la conservación, y el flemático maduro tiende a buscar los caminos que realizan el bien con el menor grado necesario de perturbación. Pero aquí el puente entre el temperamento y la virtud es especialmente delicado, porque la prudencia verdadera no es solo no precipitarse: tiene que mandar la acción cuando llega la hora. El colérico inmaduro tiende a actuar antes de haber considerado lo suficiente; el flemático inmaduro tiende a seguir sin actuar después de haber considerado ya lo suficiente. Son dos errores opuestos en el tiempo, y la prudencia corrige los dos.
El riesgo propio del flemático es perder oportunidades porque esperó hasta que la realidad decidiera por él. La pregunta que mide su madurez es, por eso, esta: ¿logro movilizarme cuando el bien exige perturbar la estabilidad?
La caída: la paz que protege la comodidad
En la condición herida, la estabilidad puede absolutizarse hasta que la dificultad natural de moverse pase a valer como argumento contra el bien reconocido. Esa es la egoización flemática: "movilizarme me cuesta" se convierte en "si esto exige demasiada perturbación, tal vez no deba hacerse", y la disposición para actuar empieza a definir el deber. Por esa vía llega la tibieza. Pero hay que ser justos: la inhibición no es tibieza, el cansancio no es tibieza y la necesidad legítima de descanso no es tibieza. La tibieza aparece cuando hay un bien suficientemente reconocido, hay una posibilidad real de actuar, y la persona omite habitualmente lo que debería hacer para preservar la comodidad, la estabilidad o su propia inmovilidad. La estructura indica dónde preguntar; nunca autoriza a condenar a alguien por una pausa.
El miedo de fondo de esta caída es el de la perturbación y el del cambio impuesto, y la tesis que el yo flemático construye suele ser esta: tengo que mantener la paz, proteger mi espacio, evitar el desgaste y no dejar que me rompan. De ahí vienen los vicios que la acompañan: la omisión, el acomodo, la huida del conflicto necesario y la resistencia pasiva a cualquier exigencia que venga de fuera.
El flemático maduro
La madurez no hace que el flemático deje de sentir el costo de la transición. Lo sigue sintiendo, y tal vez lo sienta toda la vida. Lo que cambia es que aprende a distinguir la perturbación inútil de la perturbación necesaria, y pasa a actuar ante la segunda, aunque le cueste. Es una estabilidad que sabe moverse, y que reconoce el momento en que la conservación dejó de ser prudencia y pasó a ser omisión.
La fórmula de esta madurez cabe en una frase: no actuar demasiado pronto y no dejar de actuar cuando llegó la hora. Y hay algo profundamente evangélico en esa paz que, sin perder la mansedumbre, acepta ser perturbada por el bien, porque la paz que Cristo deja a los suyos no es la que da el mundo (Jn 14, 27), y el flemático maduro descubre, por fin, que su tranquilidad no fue hecha para protegerlo del llamado, sino para que lo atienda sin perder la serenidad.
Las especies del flemático
El flemático rige tres especies: el flemático-sanguíneo, el flemático puro y el flemático-melancólico. También participa, al servicio de otra finalidad, del sanguíneo-flemático y del melancólico-flemático.
