En el flemático-melancólico, la estabilidad flemática rige y la medida melancólica le sirve, ofreciéndole criterio, memoria y percepción del valor. El resultado es una conservación con razones: no guarda cualquier cosa, guarda aquello que reconoció como valioso. La imagen es el liquen, vida lenta y adherida a la piedra, que permanece y protege aquello a lo que se aferró.
El flemático-melancólico suele tener un vínculo fuerte con un modo de vida, una rutina, una estructura familiar o una forma establecida de hacer las cosas. Ese vínculo no es ciego, y sabe explicar por qué vale la pena mantener lo que mantiene. Pero puede reconocer, con toda claridad intelectual, que una alternativa es mejor y, aun así, sentir un costo enorme para abandonar la forma anterior. Cuando otros dependen de esa continuidad, su memoria y sus razones se convierten en una forma de fidelidad.
Su par inverso es el melancólico-flemático, y la pregunta que los separa es esta: ¿el criterio sirve a la conservación de la configuración, o la conservación sirve a la estabilidad del juicio? El flemático-melancólico se resiste a cambiar su forma de vida, aun cuando la alternativa parezca mejor; el melancólico-flemático se resiste a cambiar la conclusión, y puede cambiar la forma externa con relativa tranquilidad si su juicio ha cambiado.
El bien propio de esta forma es guardar una historia valiosa sin tratarla como un obstáculo desechable, lo cual es precioso en un mundo que lo cambia todo demasiado deprisa. La tentación propia aparece cuando el pasado gana la razón solo por haber funcionado: la persona pasa de "esto era bueno" a "por lo tanto, debería seguir igual", y usa razones verdaderas sobre el pasado para impedir un cambio que ya se volvió necesario, porque perder aquella forma parece invalidar su propia historia. Un error sincero de previsión o un deber real de continuidad no son ese desorden.
La forma madura del flemático-melancólico preserva el valor, no necesariamente su forma histórica. Aprende que ser fiel a un bien no es ser fiel, a cualquier costo, a la forma en que ese bien apareció primero, y que a veces la fidelidad exige precisamente la transición que más le cuesta.
