En el flemático-sanguíneo, la estabilidad flemática rige y la expansión sanguínea le sirve, ofreciéndole placer, flexibilidad, alternativas y compañía. La finalidad es construir o preservar una configuración en la que se pueda vivir bien, y el resultado es una tranquilidad adaptativa. La imagen es la margarita, en la que la continuidad discreta de la hoja gana una apertura afable y florida.
Puede resistirse al cambio mientras la configuración anterior parezca recuperable, pero, cuando concluye que no hay un regreso razonable, busca otra rutina, otro ambiente, otras personas u otra forma de placer, y recompone su vida. Esa aparente contradicción, la de alguien sensible al costo del cambio que, de repente, lo cambia todo, se explica por la finalidad: cuando la configuración actual ya no conserva una vida habitable, el cambio pasa a ser el camino para instalar otra que merezca ser conservada. En mi observación, el flemático-sanguíneo puede alejarse de personas o ambientes y decir que no con firmeza cuando eso devuelve la paz a su vida.
El bien propio de esta forma no es solo evitar conflictos, sino encontrar condiciones concretas en las que el cuidado de la vida pueda durar y compartirse, con pequeñas alegrías, compañía y una casa donde da gusto estar. La tentación propia es absolutizar la tranquilidad, cuando estar bien pasa a definir lo que es bueno y la persona abandona un deber conocido, o hiere a otra, solo para apartar una perturbación evitable. Descansar cuando corresponde y salir de un ambiente nocivo pertenecen al bien, no a ese desorden.
La forma madura del flemático-sanguíneo es preservar una vida habitable sin huir de la perturbación necesaria. Su paz deja de ser el criterio supremo y pasa a estar subordinada al bien, y él sigue siendo dulce, tranquilo y accesible, pero ya no convierte la mansedumbre en huida.
