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Libro / Capítulo 2

Capítulo 2

Cómo pasa el temperamento del compuesto cuerpo-alma a los sentidos internos

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Si el temperamento es una estructura originaria de la personalidad, la pregunta siguiente surge sola: ¿cómo entra en operación esa estructura? ¿Cómo aquello que existe como disposición inicial pasa a ser experiencia concreta, reacción vivida, patrón interior, hábito y, por último, carácter?

La respuesta parte de un principio simple: el temperamento pertenece a la persona encarnada, es decir, al hombre en cuanto compuesto de cuerpo y alma. No es meramente corporal, como si fuera reflejo de circuitos nerviosos, hormonas o umbrales de activación, y tampoco es una abstracción espiritual que flota por encima de la vida orgánica. Pertenece a la unidad viva de la persona y debe, por eso, comprenderse como una disposición psicofísica del alma encarnada. El cuerpo ofrece las condiciones materiales de la operación: cierto régimen de sensibilidad, cierto umbral de excitación, cierta velocidad de respuesta, cierta facilidad para descargar, retener, acercarse o inhibirse. Pero el cuerpo, por sí solo, no explica la experiencia humana, porque es el alma la que unifica, percibe, interpreta, desea, teme, recuerda, imagina y actúa. El temperamento aparece justamente en esa intersección.

Por eso Axis Ratio rechaza tanto el materialismo psicológico como un espiritualismo suelto. El hombre no es un espíritu que usa el cuerpo como instrumento exterior, ni un organismo que produce la vida interior como subproducto ciego. El alma informa un cuerpo concreto, y ese cuerpo no es neutro: tiene un modo propio de excitarse, de responder, de economizar o gastar energía. Algunas estructuras tienden más a la inhibición, otras al acercamiento; algunas a la retención, otras a la descarga; algunas a la estabilidad, otras a la incidencia. Esa base, sin embargo, todavía no es temperamento en sentido pleno. Es la condición corporal de la operación, y el temperamento solo se vuelve inteligible cuando esa base es vivida por el alma como experiencia, lo que sucede en el plano de la vida sensible.

Los sentidos internos

La realidad entra primero por los sentidos externos: la persona ve, oye, toca, huele y saborea. Lo que entra por ellos, sin embargo, todavía no es experiencia humana completa, porque ese material necesita ser reunido, conservado, imaginado, evaluado, recordado y relacionado. Ahí entran los sentidos internos, que son el primer lugar en que el temperamento se organiza en la experiencia:

  • el sentido común, que unifica las impresiones sensibles en una sola experiencia;
  • la imaginación, que conserva y recompone imágenes;
  • la memoria sensible, que guarda lo vivido con su coloración afectiva;
  • la cogitativa, o estimativa, que percibe relevancias concretas: amenaza, utilidad, valor práctico, carga afectiva y dirección de la respuesta.

En este nivel, el mundo deja de ser dato bruto y empieza a ser realidad vivida por una estructura específica. ¿Qué quiere decir esto? Que el temperamento no aparece primero en el concepto abstracto, sino en el modo en que la persona recibe, califica y organiza sensiblemente lo real. Antes de que la inteligencia formule juicios más altos, la estructura ya inclinó la manera de sentir, de registrar y de reaccionar. La realidad no entra en todos con el mismo peso: ciertas estructuras perciben más rápido lo que amenaza; otras, lo que invita; otras, lo que exige enfrentamiento; otras, lo que pide preservación.

La cogitativa merece atención especial, porque es uno de los grandes puentes entre el temperamento y la personalidad concreta. Todavía no es el intelecto abstracto, sino la potencia que hace la lectura práctica de lo real en el plano sensible y le da al estímulo un sentido existencial: esto atrae, esto amenaza, esto es ocasión de ataque, esto es riesgo, esto pesa, esto es campo para expandirse, esto pide retroceder. Y el temperamento influye fuertemente en esa lectura. En el colérico, la cogitativa tiende a percibir el obstáculo como algo que hay que vencer; en el flemático, el roce aparece como algo que hay que amortiguar; en el sanguíneo, el mundo se lee según presencia, calor y circulación; en el melancólico, según costo, peso, densidad y exigencia. La diferencia es enorme, porque significa que la personalidad no se construye sobre un dato neutro, sino sobre un mundo que ya fue recibido de manera distinta.

Los apetitos y el hábito

Después de la lectura sensible interna, entran en escena los apetitos sensitivos. La tradición clásica distingue el concupiscible, que se mueve ante el bien y el mal sensibles simples, y el irascible, que responde al bien difícil y al mal arduo. Esta distinción es central para el método, porque el temperamento es forma de percepción y también forma de movimiento del alma. La persona no solo ve la realidad de cierto modo; se mueve ante ella de cierto modo: se acerca, retrocede, retiene, ataca, conserva, desea, teme, aguanta, corta, evita, insiste. El colérico convierte con más facilidad la lectura de lo real en incidencia práctica, el flemático tiende a la conservación, el sanguíneo a la expansión cálida y el melancólico a la contención grave.

El camino del temperamento puede, entonces, resumirse en una secuencia: de la estructura psicofísica de base a los sentidos externos, de ellos a los sentidos internos y a la cogitativa, de la cogitativa a los apetitos, y de los apetitos, por la repetición, al hábito. Así es como la estructura inicial se va volviendo vida concreta, y por eso el temperamento no es una idea clasificatoria, sino un proceso vivo: entra en el mundo por el cuerpo, se organiza en los sentidos internos, mueve los apetitos, se repite en patrones y se consolida en hábitos. La personalidad concreta no surge de un salto; surge de un recorrido, y el temperamento es su inicio.

Ese recorrido, sin embargo, no sucede en estado de orden perfecto. El propio paso del compuesto cuerpo-alma a los sentidos internos ya se da bajo la marca de la caída: la memoria puede fijar lo que hiere, la imaginación puede fantasear en desorden, la cogitativa puede distorsionar lo real y los apetitos pueden reaccionar contra la razón. Por eso la estructura original pronto se vuelve también campo de desorden. Aun así, la verdad permanece: el temperamento es el primer diseño de la personalidad, empieza en el compuesto humano entero y pasa necesariamente por los sentidos internos, que es donde el alma encarnada empieza a vivir el mundo según su forma y donde, por lo tanto, empieza también el trabajo de ordenarla.