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Libro / Capítulo 6

Capítulo 6

Los cuatro géneros temperamentales

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Los cuatro géneros temperamentales, que son las grandes matrices de la personalidad, son el colérico, el sanguíneo, el flemático y el melancólico. Un género no es una especie completa ni una descripción cerrada de la persona concreta. Es una capacidad natural que vuelve saliente una materia de la acción humana, enfrentada por una operación propia; y por eso cada género ocupa un polo en los dos ejes que acabamos de ver, y no al revés. El orden de lectura importa: primero la materia y la operación, después la posición en los ejes, y solo entonces la imagen simbólica que las condensa.

El colérico es el género de lo arduo. Su operación es la acción, es decir, la incidencia capaz de alterar una resistencia, y el método la representa con la sequedad y la electricidad: recorte, dirección, descarga. Vive el mundo de forma más directa y decidida, más volcada a la intervención, y su alma tiende a preguntar: ¿hay algo que yo pueda hacer ante esto?

El sanguíneo es el género de lo agradable. Su operación es la expansión, es decir, la apertura de lo agradable a la presencia y a la participación, y el método la representa con el calor y la radiación del sol. Vive el mundo como espacio de intercambio, encuentro y acogida, y su alma tiende a preguntar: ¿qué hay aquí de bueno, de interesante o de compartible?

El flemático es el género de la transición, el paso de un estado a otro. Su operación es la estabilidad, es decir, el sostenimiento de una configuración a lo largo del tiempo, incluso de una actividad ya iniciada, y el método la representa con la humedad y lo vegetal. Vive el mundo como algo en lo que hay que mantener la continuidad y durar, y su alma siente, antes que nada, cuánto cuesta cambiar de estado.

El melancólico es el género de la medida. Su operación es la contención, es decir, la delimitación criterial que retiene, distingue y da forma a la experiencia, y el método la representa con el frío y la cristalización del hielo. Vive el mundo como algo serio, exigente y cargado de significado, y su alma tiende a preguntar: ¿esto corresponde a lo que debería corresponder?

Los cuatro géneros son indispensables porque muestran que la personalidad no está hecha de infinitas variaciones caóticas, sino de formas inteligibles. El método, sin embargo, no se detiene en ellos, porque todavía son demasiado amplios: muestran los universos de base, pero no agotan la forma concreta con que la personalidad aparece en una persona real. Aun así, sin los géneros no se comprende nada, porque son el lenguaje fundamental del método. Son ellos los que explican por qué ciertas personas se movilizan deprisa y otras sienten más el costo de cambiar, por qué unas se renuevan hacia fuera y otras retienen hacia dentro, por qué ciertas tentaciones pasan por la potencia, otras por la recepción, otras por la estabilidad y otras por la regla, y por qué ciertos bienes naturales aparecen con más facilidad en un universo que en otro.

En el orden creado, cada género es capacidad de virtud natural, es decir, aptitud para la materia de una virtud cardinal, sin poseerla. El colérico tiene aptitud para la materia de la fortaleza, el sanguíneo para la de la templanza, el flemático para la de la prudencia y el melancólico para la de la justicia. La correspondencia, sin embargo, no es simétrica. En el colérico, la facilidad ante lo arduo puede ayudar a la fortaleza y, al mismo tiempo, ocultar que todavía no aprendió a soportar. En el sanguíneo, el gusto por lo agradable vuelve la templanza más necesaria y más difícil. En el flemático, la espera puede servir a la deliberación y también impedir que esta mande. En el melancólico, la comparación puede servir a lo debido o distorsionarlo. La materia es el campo en que cada uno será más probado, no la virtud ya conquistada.

En el orden caído, cada uno de estos bienes puede ser egoizado, es decir, pasar a funcionar como condición de una tesis sobre el propio yo. El colérico ya no quiere solo actuar bien; necesita que la realidad confirme su potencia, y por ahí llega al orgullo. El sanguíneo ya no quiere solo participar; necesita seguir siendo bien recibido, y por ahí llega a la vanidad. El flemático ya no quiere solo conservar lo que tiene valor; deja que el costo de moverse defina lo que debe hacer, y por ahí llega a la tibieza. El melancólico ya no quiere solo medir con verdad; necesita que la medida preserve su posición, y por ahí llega a la envidia. Cada género, por lo tanto, es más que un estilo de personalidad: es un drama moral en potencia, y hay que comprenderlo a la vez como capacidad creada, como forma estructural, como campo de tentación y como camino propio de madurez.

Precisamente porque estos cuatro mundos son reales tiene sentido hablar, a continuación, de sus especies puras y mixtas. Los géneros son el suelo, y las especies son las formas concretas en que ese suelo adquiere rostro en una persona, que puedes ser tú, tu cónyuge o tu hijo.