En el melancólico-colérico, la medida melancólica rige y la acción colérica le sirve, ofreciéndole potencia, movilización, valentía y ejecución. El resultado es una conquista práctica guiada por el criterio: la medida define el destino, y la potencia define el camino. La imagen es la magnetita, un cristal polarizado que tiene dirección y atrae hacia sí aquello que reconoció.
En él, la comparación se vuelve proyecto. Percibe una discrepancia y se pregunta, casi de inmediato: ¿cómo llego ahí? Puede asumir una posición antes de estar del todo listo y completar la preparación en el propio ejercicio, y su comparación se dirige más a la relación entre él, el otro y la posición o el bien deseado. En mi observación, al melancólico-colérico le cuesta más superar la derrota en sí, aun cuando reconoce que el resultado fue formalmente correcto.
Su par inverso es el colérico-melancólico, y la pregunta vuelve: ¿la potencia realiza aquello que se midió, o la medida perfecciona aquello que se pretende realizar? En el melancólico-colérico, la evaluación del bien o de la posición define lo que la potencia va a buscar, y si el criterio cambia por una buena razón, la finalidad de la acción puede cambiar con él.
El bien propio de esta forma es transformar un juicio relevante en obra posible, en lugar de solo registrar la distancia entre lo real y lo debido; por eso puede servir a la justicia, a la reparación y a la construcción de algo que reconoció como valioso. La tentación propia es convertir el valor propio en título sobre el bien: esto me corresponde, por lo tanto se me debe. La capacidad, el esfuerzo y la excelencia no crean, por sí mismos, un derecho al premio, aunque una regla justa, una promesa o un deber de otro puedan fundar una reivindicación verdadera, que no tiene por qué callar.
La forma madura del melancólico-colérico es desear y conquistar sin convertir la capacidad en derecho. Conserva el deseo y la fuerza de conquista, pero acepta que el mérito percibido, la capacidad real y el derecho son cosas distintas, y que no todo lo que le parece justo se le debe. Y es en esa renuncia donde los doce temperamentos se encuentran, cada uno por su camino: el bien que cada estructura sabe percibir solo se vuelve virtud cuando la persona deja de reclamarlo como suyo y pasa a recibirlo, de nuevo, como don.
