En el colérico-melancólico, la acción colérica rige y la medida melancólica la sirve, ofreciendo criterio, comparación, estándar, precisión y corrección. El resultado es una excelencia puesta al servicio de la realización: no basta con hacer, hay que hacer bien. La imagen es el circuito cerrado, una electricidad que no se descarga de cualquier manera, sino que circula bajo contención, acumula tensión y solo se libera en el punto justo.
La comparación que domina su vida no es, en primer lugar, con los demás, sino entre lo que él es y el estándar que juzga necesario. Antes de ejecutar, se pregunta qué falta, cómo elevar el nivel y qué corregir, y muchas veces prepara, refina y solo entonces actúa, aunque también puede corregir durante la ejecución. La rivalidad aparece con fuerza cuando hay un bien exclusivo en juego, como un puesto o un premio, pero la competencia no lo define, y no necesita superar a todo superior para estar en paz. En mi observación, el colérico-melancólico acepta mejor una derrota merecida, mientras que una derrota injusta tiende a volverse combustible. También he observado que puede ser sociable y afable, lo que desmiente la caricatura del colérico cerrado y sombrío, y que suele tener un gran autocontrol, puesto al servicio del acabado de la obra; ese control, sin embargo, todavía no es dominio de sí en el sentido moral.
Su par inverso es el melancólico-colérico, y la pregunta que los separa es esta: ¿la medida perfecciona lo que se pretende realizar, o la potencia realiza lo que fue medido? En el colérico-melancólico, la acción viene primero como finalidad, y el criterio califica la manera de hacerla; compara sobre todo su desempeño con el estándar, mientras que el melancólico-colérico compara más su posición con la de los demás y con el bien deseado.
El bien propio de esta forma es hacer con excelencia aquello que se reconoció como tarea, con una exigencia técnica que resiste a la improvisación y un cuidado de la obra que, a veces, los demás solo perciben años después. La tentación propia nace justamente de esa excelencia, cuando se vuelve crédito sobre el resultado: lo hice todo bien, me preparé mejor que todos, por lo tanto debería ganar. El error no está en impugnar una decisión realmente injusta, sino en convertir la calidad del trabajo en un título sobre aquello que la calidad, por sí sola, no garantiza. De aquí pueden nacer el orgullo y la envidia, pero también una ceguera más discreta: preocupado por la eficacia y el estándar, puede dejar de percibir una falta en el modo como recibe e incluye a las personas.
La forma madura del colérico-melancólico busca la excelencia sin exigir la victoria como recompensa. La excelencia deja de ser crédito y pasa a ser deber del propio acto, hecho bien porque debe estar bien hecho, gane o no. Y quizá es ahí donde este temperamento, tan exigente consigo mismo, encuentra la libertad que ninguna victoria le daría: la de entregar a Dios una obra bien hecha y dejar en sus manos el resultado.
