En el colérico-sanguíneo, la acción colérica rige y la expansión sanguínea la sirve, ofreciendo personas, entusiasmo, calor y circulación. El resultado es una centralidad operativa: todo el grupo se vuelve campo de acción. La imagen es el plasma, una energía que sigue dirigida, pero que ganó luminosidad en el medio humano, sin que la luz se vuelva el fin.
Tiende a percibir cualquier grupo como algo que hay que movilizar: iniciar, organizar, repartir funciones, convencer, reunir y hacer que las cosas sucedan. Ya en la infancia esto aparece, en el niño que organiza el juego, reparte los papeles y quiere que todos sigan el plan que él empezó. Su satisfacción se mantiene alta aunque otra persona sea más admirada, siempre que él siga logrando conducir. En mi observación, el colérico-sanguíneo soporta la impopularidad para realizar un objetivo y tolera que otro brille, con tal de que su agencia siga siendo efectiva; y muchas veces muestra un dominio operativo de sí que la caricatura de la "doble impetuosidad" no prevé.
Su par inverso es el sanguíneo-colérico, y la pregunta que los separa es esta: ¿las personas sirven a la eficacia, o la eficacia sirve a la presencia? Para el colérico-sanguíneo, perder la centralidad operativa pesa más que perder el aplauso; para el sanguíneo-colérico, que se desmienta su propia competencia pesa más que perder el mando.
El bien propio de esta forma es reunir capacidades dispersas para una obra común, transmitir entusiasmo y mantener a las personas en contacto mientras la tarea avanza. La tentación propia es el egocentrismo, en el sentido preciso de que el campo necesita funcionar a partir de él. Cuando esa centralidad se vuelve condición del yo, la coordinación puede convertirse en retención de información, apropiación del mérito ajeno y dependencia fabricada, para que nadie logre hacer nada sin él. Coordinar personalmente una crisis, por competencia o por obligación, no es egocentrismo; el problema empieza cuando necesita ser indispensable.
La forma madura del colérico-sanguíneo es liderar sin necesitar ser indispensable. Forma personas excelentes, reparte autonomía y construye equipos e instituciones capaces de funcionar sin él, y descubre que eso no disminuye su eficacia, sino que la eleva, porque la obra que sobrevive a su propio líder es la más difícil de todas, y la más parecida al modo en que Dios gobierna: dando a los demás la dignidad de actuar también.
