En el sanguíneo-colérico, la expansión sanguínea rige y la acción colérica la sirve, ofreciendo ejecución, potencia, valentía y competencia. El resultado es una presencia capaz, especial, que entra en el ambiente no solo para participar, sino para participar haciendo. La imagen es el fuego: calor que avanza, presencia que ganó fuerza de ejecución, sin que la fuerza sustituya a la presencia como fin.
Puede trabajar perfectamente bajo el liderazgo de otro y seguir satisfecho, siempre que su competencia siga siendo reconocida. En la infancia, es el niño que muestra lo que sabe hacer, cuenta sus propias hazañas y a veces se atribuye capacidades mayores que las que ya tiene. En la vida adulta, ofrece habilidades, enseña, asume tareas y vuelve fecunda la convivencia. Y siente una frustración particular cuando el resultado objetivo llega, pero la participación significativa no lo acompaña: hizo lo que tenía que hacer, pero nadie lo vio, o no estaba allí cuando ocurrió.
Su par inverso es el colérico-sanguíneo, y la pregunta sigue siendo la misma: ¿las personas sirven a la eficacia, o la eficacia sirve a la presencia? El sanguíneo-colérico tolera que otro mande, si su capacidad sigue siendo visible; lo que lo golpea con fuerza es que se desmienta una cualidad importante suya delante de los demás.
El bien propio de esta forma es una presencia que no solo disfruta de la convivencia, sino que le da contenido, y ser recibido como capaz puede satisfacerlo sin que necesite inventar nada. La tentación propia empieza cuando ser recibido como capaz pasa a importar más que saber lo que realmente sabe hacer, y a eso el método lo llama ilusión de cualidades: una autoimagen de talento, inteligencia o profundidad mayor de lo que los hechos sostienen. La confianza y la demostración de competencia no son esa ilusión; esta se instala cuando la persona miente, usurpa méritos o desprecia la corrección para conservar la imagen.
La forma madura del sanguíneo-colérico es sostener la confianza dentro de la verdad sobre sí. Acepta la corrección de su propia imagen sin derrumbarse y sin compensar con superioridad, y sigue entrando en los ambientes con el mismo calor y las mismas ganas de hacer, ahora sin necesidad de aparentar lo que no es, lo que quizá sea la forma más concreta de humildad que este temperamento puede vivir.
